NUNCA LO HICE…¡NI LO VOLVERÉ A HACER!

Por Esther Medina

Hay una reflexión que me encanta, dice así: Si matas a una cucaracha eres un héroe, si matas a una linda mariposa eres un villano…la moral tiene criterios estéticos. Y parece ser cierto, ¿no creen?

Que los seres humanos somos contradictorios no es ninguna novedad, lo que realmente me admira es la capacidad que tenemos para “correr” nuestra barrera personal de lo correcto e incorrecto de acuerdo a las situaciones. En el ejemplo de la cucaracha, la principal razón para matarla, además de se que asocian a la suciedad, es porque nos dan asco. Probablemente, la gran mayoría heredamos esta “fobia” de nuestras madres (y padres) y nunca nos paramos a pensar qué nos había hecho ese pobre bicho para terminar su vida bajo nuestra suela (o la del valiente que esté al lado nuestro en ese momento, reconozcámoslo, la mayoría salimos corriendo cuando vemos una). Las mariposas en cambio, gozan de la ternura popular: son lindas, vuelan entre las flores, nos encanta que se posen en nuestra mano etc. Desde pequeños siempre estuvieron presentes en los libros de cuentos, las coloreábamos en los cuadernillos…¿cómo temerlas si encima no pican?. Pero las cucas tampoco pican…¿y entonces?, que dilema…habrá que confesar realmente que la verdadera causa de su “asesinato” es que son feas.


Este simple ejemplo me da pie a reflexionar sobre cuan moldeable es nuestro criterio, ¿será cierto eso de que “todo el mundo tiene un precio”?,¿cuantas veces hemos dicho: “esto jamás lo haré”, y la vida se ha encargado de demostrarnos lo contrario.
Algunos dirán que se trata de una capacidad de adaptación, de aprender a ser flexibles, que no todo es blanco o negro. Pero, ¿no resulta algo frustrante pensar que cuando tenemos una opinión formada o una decisión firmemente tomada, todo nuestro mundo de creencias se puede tambalear tan fácilmente ante una determinada situación?

¿Y ustedes que piensan?, ¿no están seguros aun? Bueno, les dejo 3 situaciones para reflexionar al respecto:

Situación 1: ¡Ni loca pago ese precio!…disculpe…¿cuanto dijo que costaba?

En la ciudad donde vivo, los alquileres (y casi todo) están sobrevalorados. Los precios son desorbitados en comparación con otras ciudades, si bien es cierto que la mayoría de los salarios también son más altos, no toda la población goza de esta condición. Lo que relato a continuación nos ha ocurrido a muchos alguna vez:

Todos queremos vivir en el barrio más lindo y tranquilo de la ciudad, ese que tiene las casitas coloridas de resipol y jardines con flores y mariposas (¿vieron que las siguen prefiriendo?). El problema es que los precios que nos ofrecen son una locura: ¿¿20000 pesos??,¡¡jamás de los jamases, ni aunque me emborrache con 3 litros de tequila pagaría eso!!, que se vayan a engañar a otro tonto. Decimos esto porque estamos seguros de que vamos a encontrar algo mejor y más barato…seguimos buscando, y resulta que lo poco que encontramos es más caro aun, como si fuera un complot en nuestra contra, pero nosotros seguimos firmes en nuestra decisión de no alquilar a ese precio, más duros que chorizo caducado. El tiempo pasa, las viviendas se van alquilando y cada vez quedan menos…y nos empezamos a replantear la situación: Me pedían 20000 pesos en la primera casa, la otra cuesta 25000, y la de más allá 30000!!. Tengo que alquilar la de 20000 ya!!. Y salimos corriendo a firmar el contrato, nuestro cerebro, borracho o anestesiado, nos hace reafirmarnos en la decisión: ¡¡que suerte que tuve de encontrar este alquiler tan barato!!.
¿Les ha pasado?, quizás no con los alquileres o a la hora de comprar una vivienda, pero ¿nunca han tratado de reservar un hotel en algún buscador de internet y lo que en principio les parecía carísimo, al cabo de un rato es un precio fabuloso?. Y ante la insistencia de los dichosos cartelitos diciendo que es la última habitación disponible y que hay 4 personas interesadas, o que la oferta terminará en 10 minutos, ¿no han apretado a conciencia la tecla Pagar, sintiéndose más triunfadores que Donald Trump?.

Situación 2: Todo el mundo tiene un precio…¿menos yo?

¿Recuerdan la película: “Una proposición indecente”?, una joven Demi Moore accedía a acostarse con un millonario a cambio de una suculenta suma de dinero, que en ese momento solucionaría todos sus problemas matrimoniales, o eso creía…

 

Si a ustedes les ofrecieran hacer algo moralmente incorrecto a cambio de dinero, u otro objeto deseado…¿lo pensarían al menos?
Pues depende de lo que sea, ¿no?, cada uno tiene sus propios límites y valores, pero imaginemos por un momento que somos los protagonistas de la citada película:

Somos jóvenes, recién casados y estamos pasando por un mal momento económico: a punto de perder la casa de nuestros sueños (sí, la de las mariposas en el jardín), no tenemos trabajo y a duras penas llegamos a fin de mes. De repente, como aparecido de un cuento, llega un caballero (o señorita), para consolarnos y ofrecernos la solución a nuestras desdichas: 1 millón de dólares (¡¡15.617.894 $!!, lean bien) a cambio de una noche de pasión a nuestro lado. La mayoría le pegaría un bofetón (aunque sea mental) y huiría con indignación a contarle a su pareja. Pero a la noche, con la cabeza en la almohada de la bella casa que pronto perderemos, nuestra imaginación empieza a volar: ¿y si contara con esa suma de dinero?, podría liquidar la hipoteca, comprarme las cosas que necesito, quizás dedicarme a mi hobby favorito y nunca más trabajar, ¡y las vacaciones soñadas en Tahití!…y de pronto nos damos cuenta de que una sonrisa se dibujó en nuestra cara y un escalofrío nos recorre la espalda. ¿Realmente seríamos capaces de hacerlo?, cruzar la línea de la infidelidad (consentida obviamente, porque a estas alturas nuestra pareja está soñando también con el viaje a Tahití). Pero sería solo una noche ¡a cambio de toda una vida resuelta!. No parece tan inmoral, ¿no?.
¿Ustedes que harían?, ¿y si la propuesta se la hubieran hecho a su pareja?
Medítenlo esta noche con la almohada, ¿cual es su precio?

Situación 3: No matarás…¿ni lo pensarás?

Este es el ejemplo más duro y menos cómico de los 3, pero seguro alguna vez les habrá pasado por la mente, al menos por la mía sí.

¿Ustedes se consideran violentos?, ¿alguna vez pegaron a alguien?, y aquí viene la pregunta más incómoda: ¿alguna vez pensaron en matar a alguien, ya fuera por encargo o con sus propias manos?. Tómense un rato antes de responder, y si ya lo hicieron evalúenlo de nuevo.
A no ser que sean policías, militares o de algún rubro que porte armas y les preparen para usarlas en algún momento, la mayoría de nosotros habrá respondido que no, pensando: ¿Cómo alguien en su sano juicio podría pensar en matar a un semejante?.
Y si les diera una pistola y les dijera que la lleven solo como protección, ¿la llevarían?, ¿la usarían?. Algunos dirán que sólo la usarían en defensa propia, pero eso implica la posibilidad de dañar a otra persona, o incluso matarla. Entonces nuestro NO rotundo de hace un rato empieza a tener matices. Pongamos que rechazamos la pistola y nos mantenemos firmes en nuestra postura de: ¿Cómo alguien en su sano juicio podría pensar en matar a un semejante?. ¿Qué pasaría en el caso de que nuestro semejante no fuera tan semejante a nosotros?. Aquí vamos:

La semana pasada, un compañero de la empresa, ingeniero (podría haber sido carnicero o albañil), fue asesinado a sangre fría cuando acompañaba a su padre en el negocio familiar de ropa. Un chico humilde y buena persona, que se sacó una de las carreras más difíciles a pulmón. El orgullo de una familia trabajadora que se ganaba y ganan la vida dignamente. Asesinado porque sí, porque podían hacerlo y lo hicieron, sin motivo alguno. Superado el impacto que nos produjo la noticia, de pronto se vino la indignación y la rabia al saber que los dos asesinos ya tenían causas penales y andaban sueltos como si tal cosa. Me podría haber tocado a mi, o a tus hijos, o tu madre, pero le tocó a él pagar la incompetencia de un sistema podrido. Entonces, yo, que abogo por la paz y el perdón a los “semejantes”, que me propuse hace un tiempo no matar ni a una mosca (y menos a una cucaracha), me puse a pensar que si tuviera a esos dos pendejos delante, les arrancaría la vida lentamente, haciéndoles pagar todo el daño causado. Y después invitaría a los familiares y amigos, uno a uno, a que pasaran a cobrarse su cuota de venganza. Y ya sé que dirán que la violencia engendra violencia, y que haciendo eso nos rebajamos a su nivel, pero qué quieren que les diga, imaginándome esa situación me llené de una paz interior tremenda. Como si fuera una especie de vengadora del pueblo, un Dexter sacando de en medio a dos cucarachas (estas sí) y haciendo un bien a la sociedad. Pero fue solo eso, mi imaginación, probablemente si los hubiera tenido delante a lo sumo hubiera alcanzado a escupirles y proferirles un par de insultos. Pero que lo pensé, lo pensé.
Y ahora les pregunto de nuevo, ¿alguna vez se les cruzó por la cabeza una idea “semejante”? ¿Nunca desearon la pena de muerte para un violador en serie o un psicópata asesino?

 

Como verán, para la gran mayoría es muy difícil mantener algunas convicciones, podemos llegar a tener un precio en un momento dado, y albergamos un pequeño monstruo vengativo en nuestro interior. Algunos no lo quieren reconocer, como dice el título del artículo: Nunca lo hicieron, ni lo volverán a hacer. La realidad es que no debemos sentirnos mal por tener estas luchas internas con nuestra conciencia, cada uno se marca sus propios límites y decide cuando cruzarlos, sabiendo las consecuencias que eso tendrá.

Solo les pido una cosa, ¡no maten más a las pobres cucarachas!

 

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