LA CAMPERA VERDE

Por Esther Medina

La fila se movía despacio en la Aduana de Cardenal Samoré. Decenas de personas aguardaban pacientes su turno de ingreso a Argentina en aquel frío día de invierno. Elisa las observaba aburrida desde el auto: algunas charlaban con amigos a los que habían encontrado casualmente en la cola, otros tomaban mate para intentar templar el cuerpo y otros protestaban malhumorados contra el obsoleto sistema aduanero, que siempre les hacía esperar horas a la intemperie antes de poder entrar o salir del país.

La nieve había empezado a caer pausadamente desde un encapotado cielo gris. Elisa se incorporó sobre el asiento tratando de hallar a Mario entre aquella fila infinita que seguía creciendo a las puertas de la aduana. Sin éxito en su intento, bostezó y volvió a acurrucarse contra la puerta. María, su hija, jugaba entretenida con otros niños en un improvisado parque infantil que se había formado a un costado del estacionamiento, entre los camiones y los autos. Un destello verde lima corría de un lado a otro hipnotizando a Elisa. Esa dichosa campera…pensó para sus adentros, de todas las hermosas camperas que había en la tienda chilena, la nena tuvo que elegir la más escandalosa…Y sus pensamientos la llevaron a un par de días atrás, cuando en la tienda de ropa infantil de aquel enorme shopping, María se emperró en que quería la campera verde lima…y no hubo caso discutir con ella, ni la rosa de nenas, ni la azul cielo, ella quería la de color verde lima. Hija, ¡te van a ver a cientos de kilómetros con esa cosa puesta!, busquemos algo más discreto. Pues no, se llevó puesta la bendita campera verde lima…¡Que cruz!, pensó Elisa, y eso que solo tiene 10 años…¡qué será cuando sea más grande!.

Elisa no recordaba en qué momento se quedó dormida, el calor de la calefacción, la suave nieve que caía sobre el cristal y el movimiento continuo del punto verde consiguieron que se sumiera en un profundo sueño.

(Toc-toc-toc) – Eli! Abre! Me estoy recagando de frío!- La voz de Mario la sobresaltó.

Mario entró refunfuñando y frotándose las heladas manos. ¡Qué país de mierda, carajo! 3 horas esperando, 3 jodidas horas de pié, cagándome de frío para un puto trámite que los chilotes hacen en 10 minutos.¿ Cuando aprenderemos? Eh?, me podés decir como no venimos y ponemos una bomba y a la mierda con todo y blablabla… Elisa dejó de prestarle atención mientras desviaba la mirada buscando a María. Casi al mismo tiempo, Mario preguntó: ¿Y la nena?. Eso mismo pensó Elisa antes de responder: No sé, estaba aquí jugando con unos nenes,¿ no la viste en ningún momento por allá?

Mario negó con la cabeza, el improvisado patio de juegos ahora estaba vacío. Elisa empezó a inquietarse pero no quiso demostrárselo a Mario: Capaz fue al baño, voy a buscarla.

Date prisa, quiero rajarme ya de acá– respondió hastiado Mario.

Elisa caminó apresurada por encima de la nieve que ya había empezado a amontonarse. Pasó por en medio de la larga fila y entró al baño de damas. Sólo encontró a una señora lavándose las manos.

Disculpe señora, ¿no vio por acá a una nena con una campera verde, no?.. La señora sonrió y negó con la cabeza.

Elisa salió y empezó a buscar por fuera, entre las familias con niños que aun aguardaban para realizar el primer trámite. Nada. Se fijo detrás del edificio y entre los autos, pero tampoco había rastro de la nena. Fue en este momento, donde una infinidad de pensamientos trágicos empezaron a cruzar su mente: ¿y si le pasó algo?, ¿Si la secuestraron?, ¿si se cayó en algún lado?. Rápidamente trató de controlar a su desbocada imaginación. Intentó tranquilizarse pensando que estaba en un lugar seguro, una aduana con gendarmes y un montón de personas. Seguro estaba con algún nene jugando.

Cuando pasaron 10 minutos, Mario empezó a ponerse nervioso, ¿qué carajos estarán haciendo?-. A lo lejos vio caminar a María erráticamente, hablando con la gente en la fila y mirando hacia distintas direcciones. Mario salió del vehículo y caminó hacia ella…

¿Qué carajos pasa Eli?, ¿y la nena?.

Elisa ya no podía controlar su ansiedad: No lo sé Mario, ¡no lo sé!, no está en el baño, no está dentro, no la veo fuera. ¡Nadie la vio, nadie sabe nada!. Dicho esto, dio media vuelta con nerviosismo y se dirigió a la Aduana. Mario la siguió con visible preocupación.

Un par de gendarmes charlaban animadamente en la puerta de acceso mientras fumaban un cigarrillo. Elisa, desesperada, los interrumpió:

Discúlpenme, no encuentro a mi hija. Estaba jugando por allá y después no la vimos más. Ya busqué por todas partes pero no la encuentro. Y la gente tampoco la vio.

Elisa trataba de mantener la calma pero la voz le temblaba y las primeras lágrimas asomaban en sus ojos.

Los gendarmes apuraron la última pitada y apagaron los cigarrillos:

Tranquila señora, seguro anda por acá cerca. Siempre se pierde algún nene y luego aparece jugando. Déjeme que avise a mi superior y le ayudamos a buscarla.

 Elisa se sintió aliviada, ellos seguro la encontrarían. Mario la abrazó mientras seguía mirando a su alrededor.

Los gendarmes salieron de nuevo: ¿Donde dice que estaba jugando?

Por allá, entre los camiones y los autos, en la parte de hierba.

– ¿Como es la nena?

– Tiene 10 años, es así de alta (Elisa señaló aproximadamente la altura de su hombro). Castaña. Se llama María.

– ¿Qué llevaba puesto?

– Una campera verde muy llamativa- En ese momento, Elisa se alegró profundamente de la elección de su hija.

Todos empezaron a caminar en la dirección marcada por Elisa, miraron acá y allá, incluso debajo de los camiones y dentro de los autos estacionados:

Se sorprenderían de los lugares donde hemos encontrado nenes.

 Al cabo de un rato, ya era más que evidente que María no se encontraba allí.

– Señores, debo dar parte a mis superiores para que autoricen a ampliar el radio de búsqueda. Quizás pueda estar en el bosque– dijo uno de los gendarmes señalando hacia la espesa arboleda que se extendía hacía la frontera chilena.

Elisa rompió en un llanto desesperado y Mario asintió: Sí, sí, por favor.

Dicho esto, trató de tranquilizar a Elisa: Tranquila amor, ya sabes que a la nena le encanta subirse a los árboles y esas cosas, seguro se fue para allá y no se dio cuenta de la hora.

  • Ay Mario, por Dios, ¿y si le pasó algo?, ¿si alguien se la llevó?

La gente, que llevaba un rato observando a la desesperada madre ir y venir, empezaba a murmurar. Como la mecha prendida de una carga de dinamita, desde el inicio hasta el final de la fila se iba corriendo la voz: parece que se perdió una nena. Sí, una nena. No, no estoy seguro, con una campera verde, creo que dijo…

Los gendarmes volvieron a salir, esta vez acompañados por su superior:

Señores, buenas tardes, soy el Sargento Ramírez. Los cabos Moreno y Soria me acaban de informar de la desaparición de su hija. Vamos a ir hacia el bosque, es muy probable que haya ido hacia allá.

 Los tres gendarmes, junto con Elisa y Mario, encaminaron sus pasos hacia el bosque. Esto parece una pesadilla, murmuró Elisa mientras se secaba una lágrima.

Al llegar a los primeros árboles, Mario rompió el silencio: ¡Maríaaaaaa!, ¡Mariiii!

A su voz se unió el coro de los presentes: ¡Maríaaa!

De pronto, un grupo de personas empezó a seguirles. Primero unos pocos, luego cada vez más. Como en una cruzada solidaria, todos gritaban el nombre de la pequeña: ¡María!, ¡Maríaaaa!

La gente se empezó a dispersar por el bosque, Elisa se separó de Mario y comenzó su propia búsqueda. Su corazón latía rápido, su mente no pensaba: ¡Maríaaaaa!, ¡hijaaaaa!,¿dónde estás?

Pasaron unos 30 minutos sin obtener una respuesta a la llamada colectiva. Había dejado de nevar. De repente, la voz del Sargento Ramírez se alzó entre la multitud: ¡Moreno!, ¡Soria!, ¡acá!.

Elisa levantó la mirada en dirección al gendarme, entre los matorrales alcanzó a divisar algo verde lima. ¡María! Y salió corriendo tropezando en su desesperada carrera. No existía nada a su alrededor en ese momento, solo esa campera verde. Corría ansiosa y feliz. La voy a agarrar y, y,.. la cachetada que se lleva. No, no, la voy a abrazar con todas mis fuerzas, ¡y luego la cachetada¡.

Un grito en seco la frenó de golpe: ¡Alto señora!, ¡no pase!

Elisa miró al gendarme primero, luego al suelo. Todo pasó en una fracción de segundo que pareció eterno. La mano del gendarme le agarró fuertemente el hombro, conteniendo todo su cuerpo excepto sus ojos. María yacía en el suelo, la campera verde entre abierta, los pantalones bajos. De su boca caía un hilo de sangre. Se apreciaban rasguños y hematomas en las partes descubiertas de su cuerpo.

Elisa volvió a la realidad emitiendo un grito desgarrador: ¡Nooooo¡, ¡nooooooo¡. Mi hijaaaaaa, ¡noooooo¡. Como un animal enfurecido se quiso zafar del gendarme para tratar de llegar hasta ella, en vano. De pronto: calor, ahogo, sofoco y desconexión. Se desvaneció en los brazos del gendarme. Silencio. Pum, pum, pum, solo sentía los latidos de su corazón. Habrían pasado un par de minutos, suficientes como para pensar, al recobrar el conocimiento, que todo había sido un mal sueño. Pero no, allí seguía tirado en el suelo el cuerpo inerte de su hija. Ahora con más público alrededor. Sintió la voz temblorosa de Mario hablándole algo ininteligible mientras la abrazaba con fuerza. No quería escuchar, no quería sentir, solo quería morir en aquel instante. Todo en aquel lugar le parecía un espectáculo de luz y sonido con un siniestro resplandor verde lima como protagonista de la escena. Y ahí, aunque su mente se resistía, volvió a la realidad con la voz agitada del Sargento Ramírez.

  • ¡Soria! Acordone la zona, que nadie pise. Saque a esta gente de aquí. Todos fuera de acá, no hay nada que ver. ¡Vamos!, váyanse a la aduana o a sus autos y esperen allá.
  • ¡Moreno!, avise abajo que desde este momento queda la frontera cerrada. Nadie entra y nadie sale hasta no tomarle declaración. El hijo de la gran puta debe estar aun por acá. ¡Avise a Carabineros que cierren su paso!, ¡y que den la voz de alarma en las comisarías cercanas!. Que una brigada de criminalística se desplace hasta el lugar.
  • ¡Soria! Cuando acordone prepárese para interrogar a todos los presentes, iremos por tandas.
  • Señores, sé que es un momento de duelo pero necesitamos actuar rápidamente para dar con el culpable. ¿Nos podrán facilitar una foto de la nena para mostrar?. Alguien debió ver algo seguro y la podría reconocer. ¿Tendrán alguna en el celular que nos pueda servir?.

La mano temblorosa de Mario sacó su celular para buscar alguna de las últimas fotos en familia.

  • ¡Soria! mientras conseguimos la foto, empiece a tomar declaración a la gente con Moreno, Martínez y Silva. Todos y cada uno deben responder si vieron a una menor de 10 años, caucásica, cabello castaño y contextura delgada.
  • Señores, discúlpenme, ¿algún detalle más que les parezca relevante en la descripción de su hija?

Desde las profundidades despedazadas de su interior, la voz ronca de Elisa emergió:

Su campera verde…

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